LA VACUNA DE LA MALARIA

LA VACUNA DE LA MALARIA

Hace 24 años alcanzó fama mundial por elaborar la primera vacuna sintética contra la malaria, una enfermedad que cobra la vida de 4 personas cada minuto. Sin embargo, el entusiasmo inicial pronto desapareció cuando diversos ensayos clínicos demostraron que la vacuna sólo protegía a 3 de cada 10 vacunados, además de resultar inefectiva en recién nacidos y niños pequeños, la población más vulnerable a la enfermedad. Los elogios y reconocimientos desaparecieron para dar lugar a críticas y cuestionamientos, muchos de ellos por parte de otros científicos competidores en la carrera por erradicar esta enfermedad.    

Pero la verdadera contribución de Patarroyo no fue la vacuna en sí misma, sino la idea, el concepto de que es posible elaborar vacunas sintéticas efectivas. Patarroyo fue el primero en proponer que no se necesitan los microbios para hacer vacunas: “Sólo es necesario identificar las proteínas clave para que ocurra la infección

Contra viento y marea, Patarroyo ha defendido esta idea revolucionaria desde que era un joven estudiante de medicina, movido por un solo objetivo “curar enfermedades”. En las últimas décadas ha trabajado en silencio para dar forma al fundamento teórico de su trabajo. El pasado 28 de marzo, los resultados de este esfuerzo fueron publicados en Chemical Reviews —una de las revistas más importantes en el mundo científico

DEL CONCEPTO AL MÉTODO. Tradicionalmente las vacunas se elaboran con el microbio causante de la enfermedad, entero (mutado o muerto) o con moléculas aisladas de éstos (proteínas o ADN). A estas vacunas se les llama biológicas y, al introducirse en el cuerpo, estimulan al sistema inmunológico para que se produzcan defensas contra ese microbio en particular. De esta forma, cuando una persona vuelve a entrar en contacto con ese microbio, su cuerpo está preparado para combatirlo y evitar la infección.

Sin embargo, hasta ahora no ha sido posible elaborar vacunas efectivas contra muchos microbios, incluyendo microbios protozoarios como el Plasmodium falciparum —causante de la malaria—. También conocida como paludismo, esta enfermedad transmitida por la picadura del mosquito Anopheles afecta a unas 500 millones de personas en el mundo.

El artículo publicado en Chemical Reviews sugiere un cambio en el paradigma existente. En lugar de identificar las proteínas de los microbios que son más efectivas en producir una respuesta inmune proponen identificar aquellas que, a pesar de ser cruciales para iniciar la infección, no son reconocidas por el sistema inmune. 

La lógica detrás de esta idea es que esas moléculas “son tan importantes que el microbio se ha asegurado de mantenerlas escondidas de nuestros sistemas de detección y defensa. Es una estrategia de evasión. El método que proponen permite identificar proteínas clave para la infección que  luego modifican átomo por átomo con el fin de “hacer que el cuerpo ahora sí las reconozca y pueda producir defensas permanentes”.

VACUNAS SINTÉTICAS. Las moléculas modificadas se fabrican en el laboratorio mediante métodos químicos (por eso se les llama moléculas sintéticas), lo que facilita su producción a gran escala (reduciendo los costos) y reproducibilidad (todos los lotes son iguales). El trabajo se simplifica, pues ya no se requiere trabajar con el microbio. Tampoco es necesario refrigerar las vacunas y, más importante aún, no contienen contaminantes que generen reacciones secundarias indeseables.

En el artículo de Chemical Reviews se presentan las reglas y principios para que cualquier laboratorio del mundo pueda producir vacunas sintéticas   el protozoario causante de la leishmaniasis, el virus del papiloma humano y el estreptococo causante de la fiebre reumática. 

Para determinar si los péptidos sintetizados químicamente pueden producir anticuerpos, se inyectó a monos Aotus varios péptidos sintéticos idénticos a las proteínas de P. falciparum.  

la mayoría de las vacunas contra la malaria estaban diseñadas para destruir al esporozoito, la forma en que el parásito entra al torrente sanguíneo cuando el mosquito Anopheles pica a su víctima humana. En cambio, se  decidió atacar al parásito en su forma de merozoito. Los merozoitos emergen del hígado, tras una etapa inicial de incubación, e invaden los eritrocitos (glóbulos rojos), lo que produce la fase final de la enfermedad, responsable de los síntomas y potencialmente letal.

Una ventaja de usar merozoitos para la vacuna es que si un esporozoito logra evadir la respuesta inmune, puede llegar al hígado en minutos y convertirse en miles de merozoitos que infectarán los eritrocitos y producirán la enfermedad. Una vacuna que ataca al merozoito, aunque sea parcialmente efectiva, reduciría la severidad de la enfermedad.

Para su vacuna, a la que llamó SPf66,  se seleccionó 4 péptidos entre cientos de candidatos: “uno proveniente de una proteína del esporozoito y tres derivados de proteínas que usa el merozoito para pegarse e infectar a los eritrocitos”. En 1987, Patarroyo mostró que la SPf66 protegió al 50% de los monos vacunados. De esta forma confirmó que la vacuna sintética sí estimula la producción de anticuerpos, los cuales protegieron a los monos de la infección con el parásito.

Conforme otros laboratorios en el mundo probaron su vacuna, se demostró que era segura pero inconsistente en la protección que proveía. La mayoría de los estudios mostraron que la vacuna da protección a entre 30 y 40% de los vacunados. Sin embargo, dos estudios realizados en Tailandia y Gambia acabaron con el optimismo mundial.

En ambos casos, la SPf66 no mostró protección efectiva significativa en bebés y niños pequeños. Patarroyo explica que las inconsistencias en los resultados pudieron deberse a varios factores como que el sistema inmune de los niños muy pequeños es diferente al de los adultos; que la vacuna utilizada en Tailandia no fue idéntica a la producida en su laboratorio; y que las diferencias genéticas entre los individuos producen diferencias en la respuesta inmune.

Unanue propuso que se pueden alterar las moléculas para disminuir o incrementar su potencia. “Entonces, ¡por ahí es la vaina!”. 
Se realizaron cientos de pruebas para “modificar átomo por átomo cada uno de los péptidos de estudio hasta encontrar la estructura tridimensional adecuada para que esos péptidos fueran reconocidos por el sistema inmune”.

Con estos ensayos fue posible definir una serie de reglas básicas para lograr que un péptido genere protección contra la malaria. Hasta ahora, se han caracterizado 50 proteínas del merozoito y 20 del esporozoito. 

Por el Dr. Evelio Ramírez F (Cuba)

Colaboración: Francisco Javier Mesén (Costa Rica)

Acerca de Shaliaj

Soy de Costa Rica, Tengo 42 años de edad. Soy Benei Noáj & Evangélico. Amó a Di-os, a Israel, amo al pueblo judío, celebro Shabbat, ademas estudio Toráh.
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